REENCUENTROS
—Profesora, buenas tardes —la saludo contenta, al coincidir en una de las miles de esquinas de la ciudad.
[Momento simpático] —No me diga —piensa un segundo, empequeñece los alegres ojos, para luego abrirlos figurando un ¡eureka!, y manifiesta efusiva —Kely Idrogo, ¿verdad?... ¡Pero qué linda! ¿Cómo ha estado?
[Sonrisa condescendiente] —Bien, profesora, gracias. Mucho mejor si no fuera por la garúa. —Ella vuelve a sonreír —Veo que sus chiquitines están enormes. ¡Cómo ha pasado el tiempo!
[Para un taxi, y antes de despedirse, con su voz fuerte y clara (como siempre), expresa] —Guardo un buen recuerdo y concepto suyo, Kely —finalmente se despide.
Mientras tanto, en el trayecto iba recordando el bullying inocente y cómico del que me hacía presa en sus entretenidas e inolvidables clases –en honor a la verdad debo indicar que derrochaba pedagogía–. Además de la labor docente que ejercía bastante bien, le asistía el genuino don –yo creo que– de la psicología –que por cierto no había estudiado– el que le permitía examinar a las personas a detalle. Toda una crack. Obviamente, son de esas maestras que cuando las recuerdas no puedes evitar sonreír, porque te han dejado una bonita marca en el corazón, y grandes enseñanzas, a pesar de todo.
Más abajo, los recuerdos fotografiados que forman parte del bullying “corrector” que solía hacerme; prácticamente como una llamada de atención, en tanto creía que era víctima de un insano apego. Aunque de lo único que se trataba era de una bonita amistad.
